Y un día desaparece la casa y en el antiguo hueco se erige una torre. Y otra, más alta, un poco más allá. Aún otra, más acá. El ejemplo cunde. Los nuevos edificios se incrustan en las nubes. Algunos se han puesto por sombrero una antena de telefonía móvil. El hórreo ya casi ni se ve.
¿Hace falta seguir? Las obras se multiplican; se trazan, caóticas, absurdas calles; el asfalto se extiende como una alfombra en el pasillo; las casuchas del arrabal son pasto de la excavadora; y del hórreo sólo queda una mancha en el suelo.
Todo el arrabal está ocupado. ¿Todo? No. Una isla resiste heroicamente al invasor. Una isla en medio de la basura urbana: limita al norte con barracones de cemento habilitados para garajes; al sur, con ostentosas vallas publicitarias anunciando las nuevas construcciones; al este, con el trasero pestilente de los edificios; y al oeste con el asombrado autor de esta crónica. Aún hay espacio para una huerta entre los mares de uralita y, lo que es más raro, voluntad para cultivarla. Apenas puedo creerlo: hay una huerta frondosa, pulcra, y un hombre en edad de jubilarse (sino sobradamente jubilado) que la cultiva con primor. Azada en ristre y con un sombrero de tela calado hasta los ojos trabaja en su propiedad. ¿Cómo no ha cedido ante el imperialismo inmobiliario? Al margen de la tentación económica y del asedio de la urbanización salvaje él resiste al frente de su huerta. Para empezar, es admirable. E insólito.
Todos los matices del verde se intercalan en el humilde rectángulo inscrito en la desolación. Una huerta solitaria: no pertenece a casa alguna, lo cual tiene un mérito añadido. Enrollo el periódico en tubo y lo oriento hacia las matas de tomates. Juraría que la naturaleza ha triunfado, que el mundo es tal y como se muestra al extremo de mi visión de túnel. Retiro el periódico y descubro el engaño. No hay vergel fuera del perímetro de la huerta. Por ejemplo, los tomates: una pulga podría saltar desde allí y aterrizar en una lavadora desguazada, casi al lado. Hay muchos electrodomésticos desperdigados por la zona, estufas, ordenadores, ya sabes, pero nada que unas horas de faena municipal no pudiesen arreglar, de querer hacerlo. Lo peor es lo que no se puede barrer, lo que se ha hecho crónico. En los patios renegridos la ropa se mece en las roldanas con el aire de los extractores. La grasienta sombra de los edificios se proyecta a modo de corchete en el campo de las judías. Un enorme cartel -aproveche la venta directa- intimida a las lechugas con su bamboleo cercano y peligroso: "me desplomaré sobre vuestros pobres sueños de ensalada"
En mis bolsillos como alforjas nunca falta un cuaderno. Ni un lápiz. Ni una bolsa de plástico. Esa costumbre ha evitado que cayesen en el olvido historias como ésta, curiosidades -aunque sólo lo sean para mí- con las que me tropiezo. Y ha permitido el transporte de variados objetos desde su lugar de origen -a veces insólito- hasta su nuevo domicilio, mi casa, como este cogollo de Hierba Carmín que acabo de regar en mi maceta.