miércoles, 29 de abril de 2009

Más Hierba Carmín

Hierba Carmín nació esta mañana en una trastienda de mi pensamiento mientras, por puro azar, observaba un descampado tras un bloque de edificios. Hasta hace poco esa línea de edificios señalaba el límite de la ciudad. Más allá, el campo. Ahora no. Sin saber cómo ha crecido un edificio junto a una casa de aldea. Al otro lado de la casa brota un rascacielos. Frente al portal languidece, salvado de milagro, un triste hórreo.

Y un día desaparece la casa y en el antiguo hueco se erige una torre. Y otra, más alta, un poco más allá. Aún otra, más acá. El ejemplo cunde. Los nuevos edificios se incrustan en las nubes. Algunos se han puesto por sombrero una antena de telefonía móvil. El hórreo ya casi ni se ve.

¿Hace falta seguir? Las obras se multiplican; se trazan, caóticas, absurdas calles; el asfalto se extiende como una alfombra en el pasillo; las casuchas del arrabal son pasto de la excavadora; y del hórreo sólo queda una mancha en el suelo.

Todo el arrabal está ocupado. ¿Todo? No. Una isla resiste heroicamente al invasor. Una isla en medio de la basura urbana: limita al norte con barracones de cemento habilitados para garajes; al sur, con ostentosas vallas publicitarias anunciando las nuevas construcciones; al este, con el trasero pestilente de los edificios; y al oeste con el asombrado autor de esta crónica. Aún hay espacio para una huerta entre los mares de uralita y, lo que es más raro, voluntad para cultivarla. Apenas puedo creerlo: hay una huerta frondosa, pulcra, y un hombre en edad de jubilarse (sino sobradamente jubilado) que la cultiva con primor. Azada en ristre y con un sombrero de tela calado hasta los ojos trabaja en su propiedad. ¿Cómo no ha cedido ante el imperialismo inmobiliario? Al margen de la tentación económica y del asedio de la urbanización salvaje él resiste al frente de su huerta. Para empezar, es admirable. E insólito.

Todos los matices del verde se intercalan en el humilde rectángulo inscrito en la desolación. Una huerta solitaria: no pertenece a casa alguna, lo cual tiene un mérito añadido. Enrollo el periódico en tubo y lo oriento hacia las matas de tomates. Juraría que la naturaleza ha triunfado, que el mundo es tal y como se muestra al extremo de mi visión de túnel. Retiro el periódico y descubro el engaño. No hay vergel fuera del perímetro de la huerta. Por ejemplo, los tomates: una pulga podría saltar desde allí y aterrizar en una lavadora desguazada, casi al lado. Hay muchos electrodomésticos desperdigados por la zona, estufas, ordenadores, ya sabes, pero nada que unas horas de faena municipal no pudiesen arreglar, de querer hacerlo. Lo peor es lo que no se puede barrer, lo que se ha hecho crónico. En los patios renegridos la ropa se mece en las roldanas con el aire de los extractores. La grasienta sombra de los edificios se proyecta a modo de corchete en el campo de las judías. Un enorme cartel -aproveche la venta directa- intimida a las lechugas con su bamboleo cercano y peligroso: "me desplomaré sobre vuestros pobres sueños de ensalada". En las idas y venidas desde sus madrigueras los coches fumigan con sus humos todo cuanto les sale al paso, desde las flores de los frutales hasta las zanahorias más profundas. Todo ello tiene mal arreglo y tendencia a degradarse. ¿No es de admirar la determinación del hortelano? Un oasis en un entorno imposible, en estos tiempos que corren.

En mis bolsillos como alforjas nunca falta un cuaderno. Ni un lápiz. Ni una bolsa de plástico. Esa costumbre ha evitado que cayesen en el olvido historias como ésta, curiosidades -aunque sólo lo sean para mí- con las que me tropiezo. Y ha permitido el transporte de variados objetos desde su lugar de origen -a veces insólito- hasta su nuevo domicilio, mi casa, como este cogollo de Hierba Carmín que acabo de regar en mi maceta.

Hierba Carmín

¿Conoces la Hierba Carmín? Esa planta de nombre cándido -pero a mí me parece sonoro- es fabulosa; también temible. Procede de América, donde los indios ya la utilizaban como medicina. Los estudios de su compleja composición química no han concluido, y en la actualidad se investigan sus aplicaciones en el tratamiento de las enfermedades más nefastas, que prefiero no nombrar. Sin embargo es muy tóxica. Su empleo debe reservarse a los expertos o a los indios americanos, a condición de que también sean expertos.

La planta abunda en los descampados, al borde de los caminos y en los solares incultos; también en el paisaje de mi infancia. Tuve la suerte de vivir en el extrarradio y de pertenecer a un tiempo en que los niños jugábamos impunemente en la calle. Mi planta predilecta siempre estaba allí: la recuerdo junto con el olor de las manzanas de verdad, las ortigas en las piernas con pantalón corto, el río no contaminado, los grillos, las moras, las rodillas desolladas y la ropa manchada de verde, de tanto restregarnos por el suelo. Y colonias de Hierba Carmín creciendo por doquier, saludables y orgullosas, como nosotros. Como nosotros entonces.

Ya ves que mi fascinación por la planta viene de antiguo. Nosotros le llamábamos “los venenos”, título rotundo y que encierra gran parte de verdad. La Hierba Carmín (phytolacca americana) es muy contradictoria: te cura o te envenena, te alimenta o te intoxica, según la dosis. O según cómo la manipules. Por ejemplo, si la vas a comer cuécela en cuatro aguas mínimo. Hablo de las hojas o los tallos tiernos, las raíces ni lo sueñes y los frutos tampoco. Lo mejor es que elijas otra verdura, a no ser que estés perdido en la montaña y forzado a sobrevivir. Fuera de la supervivencia, ¿por qué exponerte?

Es que la Hierba Carmín te hechiza. Sus frutos del tamaño del enebro te tientan al final del verano: "soy carnoso como las cerezas y mi jugo hace palidecer al vino" -anuncian-. "Te encantará este manjar de dioses" . Pero en boca de los venenos estas palabras deberían hacerte reflexionar. Tampoco te recomiendo su uso en medicina casera. Los investigadores se ajustan a dosis infinitesimales, nosotros no. Como suele ocurrir en plantas de esta estirpe, a medida que la dosis terapéutica alcanza su eficacia se acerca, amenazadora, la dosis tóxica.

Su aspecto es majestuoso. Ya promete en estadio de plántula y no decepciona luego. Cuando asomaba la nariz siendo un simple brote ya despertaba admiración. Llegará muy alto, decían. Y muy lejos. Ciertamente. La Hierba Carmín alcanza tu altura, o más, si la dejas a su libre albedrío. Y de mantenerla a raya, olvídate. Con un solo átomo de raíz en el suelo es capaz de renacer, aunque la cortes, aunque la aplastes. Aunque una manada de búfalos se revuelque sobre ella. Dale un día o dos y verás como rebrota. Es una planta genial.

Se ha usado para teñir la ropa. Esta es otra especialidad notable de nuestra planta, la tintorera. Como curiosidad te diré que se agregaba al vino para darle color. Supongo que de manera fraudulenta, en todo caso tal práctica se ha abandonado. Si la manipulas en su madurez raro será que no te explote alguna baya entre los dedos. Extráele el zumo y observa el arco iris en tu piel: del carmín al negro pasando por todos los tonos del púrpura. Te hechiza.

Antes de alcanzar tal plenitud las bolitas de intenso carmín eran verdes, apretadas, divididas en gajos y sin zumo; y, aún antes, livianas florecillas de pétalos como hélices suspendidas del racimo (pues así crecen, arracimadas). Al final de su ciclo los tallos suculentos se endurecen y crían en el interior una médula blanca y esponjosa. Las hojas, tersas hasta ese momento, cambian de semblante: se arrugan como algas al sol adquiriendo progresivamente un tono tostado, como tabaco. Por último se quiebran entre tus dedos, se pulverizan. Pero no te engañes: siguen bajo tierra para brotar en la estación propicia.

Hoy me he encontrado con unos retoños de Hierba Carmín. Me he encontrado, digo bien, pues ha sido un reencuentro tras una larga temporada sin vernos. Y ha ocurrido en un punto singular, a la orilla de una huerta urbana enclavada entre edificios. O al revés, los bloques -horrendos- han crecido al lado de la huerta, antigua pobladora del lugar. La han rodeado dándole la espalda y así aparece ahora como un lago entre montañas, montañas de ladrillo, en este caso. Asombroso. Una huerta impecable, como un oasis en un desierto de chatarra. Y bordeada por colonias primaverales de Hierba Carmín: ahora sé que los venenos la inspiran y la protegen.